No hace demasiado que estoy físicamente en esgrima. Espiritualmente, sin embargo, el deseo de empuñar un arma de filo ha sido tan sustancial que pareciera un recuerdo de tiempos pasados. Las espadas son objetos que solo interesan a frikis, vándalos, y a la aristocracia posterior a que se diseñasen las primeras armas de fuego. Y yo de aristócrata solo tengo la pedantería.

Final of the Challenge Réseau Ferré de France–Trophée Monal 2012 (épée world cup tournament in Paris): Diego Confalonieri (left) and Fabian Kauter (right). Kauter hits with a swooping attack known as the flèche (arrow) while Confalonieri hits with a counter-attack (the stop or l’arrêt).

Final of the Challenge Réseau Ferré de France–Trophée Monal 2012 (épée world cup tournament in Paris): Diego Confalonieri (left) and Fabian Kauter (right). Kauter hits with a swooping attack known as the flèche (arrow) while Confalonieri hits with a counter-attack (the stop or l’arrêt).

Cuando regresé de Madrid a mi hogar: Badajoz, vi la historia de un viejo amigo vestido de blanco. Ahí empezó todo. Este buen amigo fue quien hace media vida me sirvió de primer referente para escribir. Hay cierta poesía en que también sea para mí ese alumno aventajado en experiencia y cercano en confianza al que preguntar. No es de extrañar que para mí vaya a morir con el nombre de Magister, siendo Juan María un simple mote con el que se relaciona con el resto de los mortales.

No quiero extenderme en la calidez del compañerismo. En como hablar de “hermanos de armas” ha dejado de tener para mí un sentido belicista para dar lugar a un entendimiento más allá de raciocinios e ideologías. —Prometo, eso sí, hablar de ello en otros relatos—. Pero si que hay algo que esta panda de vándalos y frikis tenía en común y de lo que yo aún carecía. Ellos habían “roto” esta realidad de imperativo materialismo por un momento, habían escuchado el idioma del acero y sus armas les habían confesado sus nombres. —Tranquilo. —Recuerdo las palabras tanto de Magister, como de Juan Manuel o Jose Antonio—. Te acabará saliendo solo.

Durante días y días perdí todos los asaltos. Aprendí que la esgrima es algo más que capacidad física. Es interacción, predicción, técnica y creatividad. Y poco a poco, gracias a las inestimables clases del maestro Vicente Santos, así como a los consejos por parte del resto de hermanos de armas, fui perdiendo por menos los asaltos. El pitido del marcador sonaba cuando conseguía tocar al experimentado Amós, a la esquiva María, o cuando sorteaba los contraataques de Magíster. Pero aún era —y aún soy— inexperto hasta decir basta.

Algunos miembros de la AEBA en Marzo de 2025. Magister, Amós, Manuel, Juan Manuel y Javier (arriba) Antonio y María (abajo).

Algunos miembros de la AEBA en Marzo de 2025. Magister, Amós, Manuel, Juan Manuel y Javier (arriba) Antonio y María (abajo).

Un día conocí a Saúl. Un tirador joven que el resto de hermanos ya conocía de otras ocasiones, y aún con algo más de la mitad de años que cargo se acercaba a mi tamaño. Ese día me tocó entrenar con él unos cuantos movimientos, concretamente basados en las fintas. La fluidez con la que se movía así como la simpatía que gastaba al corregir mis múltiples errores no tenían parangón. Cuando terminé lo básico busqué rápido los ojos azules de Magíster. —Este tío es bueno, ¿no? —¿Saúl? De los tres mejores.

Y al final de la clase, cuando dedicamos un generoso tiempo a los asaltos entre nosotros, me tocó contra él. Ese día el maestro Vicente Santos aclaró que los tocados que proviniesen de fintas contarían dos puntos, para premiar la osadía de quien pone en práctica lo recién aprendido enfrentándose a la torpeza del novato. Ese día yo era más novato de lo que soy hoy. Ese día el bueno y diestro Saúl había estado corrigiéndome la postura. Ese día era el único en el que poner a prueba nuevos movimientos no desencadenaba en una notable desventaja.

Ese día era Miércoles de Ceniza.

No voy a describir como lo viví, porque no soy demasiado fan de los shonen o de las historias planas en las que el protagonista, con bondad, disciplina y valor, acaba superando a los mejores. No me siento identificado con nada de eso. Solo diré que a base de concentración, un par de fintas que me salieron lo suficientemente bien como para acabar en tocados dobles, y una hipertrofiada suerte —que unos días después me abandonaría como una víbora traicionera— conseguí erguirme con un punto de ventaja sobre mi compañero.

Y entonces lo escuché. El acero me habló. Me susurró su nombre y la promesa de que con suerte o sin ella escalaríamos la montaña junto al resto de los hermanos de armas. Busqué por segunda vez los ojos azules de Magíster, quien me miraba con afectiva incredulidad, y tras dar la mano no armada a Saúl, fui hacia él y se lo dije.

—Su nombre es Ceniza.

Yo, con ceniza, en el sillón de leer. Enero de 2025.

Yo, con ceniza, en el sillón de leer. Enero de 2025.

Con su asentimiento supe tres cosas. La primera es que él, que es el primer ser (pero no el único) que me relacionó con Kelsier (el personaje de Nacidos de la Bruma) parecía haber escuchado el mismo susurro. La segunda es que la ceniza es lo que queda tras el quemazón del esfuerzo, la existencia que reniega de desaparecer. Y la tercera es que quien sabe si por suerte o vicisitudes incognoscibles, las cenizas pueden ser un ave fénix en potencia.

Al llegar a casa me encontré un mensaje suyo que me recordaría su destreza con las palabras.

—Todas las espadas tienen nombre. Solo tienes que esgrimirlas lo suficiente para que te lo susurren.